Azotes victorianos
A Salomé la han pillado haciendo trampas, un pecado capital, y la llevan a la oficina de la directora para que la castiguen. Le ordenan que se baje el vestido y le atan las manos al poste de los azotes. Salomé grita con cada chasquido del látigo y ahora se lo pensará dos veces antes de cometer adulterio.
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