Mazmorra asquerosa

Zayda empieza el día en un colchón sucio, con una pierna atada al techo por el tobillo. Una bola de boliche le cuelga del dedo gordo del pie. La otra pierna, estirada, tiene el dedo gordo atado al suelo. Lleva unas bragas blancas un poco pequeñas. Le golpean el coño con fuerza. Se anima al instante y en segundos pide un orgasmo. Juro que esa chica se corre si el viento le levanta la falda. Su súplica se vuelve tan insistente y desesperada que me frustro y le digo que adelante, que se llene las bragas de olor y se las ensucie. Echa un soplido en la ropa interior entre gritos. Cuando terminó, le corté las bragas, se las metí en la boca y se la pegué bien fuerte con cinta aislante negra. Cogí una bolsa transparente de bragas viejas de chicas que habían estado aquí el último año y se la puse por encima de la cabeza de Cry Baby. Le até la tabla al cuello con un cordón de cuero y empecé a vibrarla, con la cabeza completamente dentro de la bolsa. Enseguida empezó a gritar a todo pulmón cuando la bolsa empezó a empañarse. Entonces Zayda pasó un rato montando la tabla con un strappado. La hice a horcajadas sobre una tabla que le subían hasta el coño, sobre la que tenía que apoyar el coño para aguantar su peso o ponerse de puntillas. Luego le até las muñecas y los codos y los subí por detrás, obligándola a bajar la cabeza. Sus pinzas para pezones quedaron atadas a la tabla y le impidieron levantar el pecho. Es una posición difícil para ella, con tantos tirones. El Hitachi saltó sobre su coño y ella se enfureció, se revolvió y tiró de las pinzas con tanta fuerza que se sobresaltó. Estaba realmente angustiada. Sus llantos y sollozos se descontrolaron. Esta posición la frustraba desesperadamente y sollozaba aún más. Sus pinzas para pezones le tiraban los pechos con fuerza hacia afuera. Ella gime sin parar, con la baba cayendo de su boca y grandes lágrimas deslizándose por sus ojos.